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Hace unos años, el psicólogo clínico Walter Riso ofreció los principios de supervivencia pensados para vivir después de una ruptura pareja.

Para entonces, Agencia EFE así publicó  estas "normas" que se han convertido en una receta y guía para quienes terminan una relación amorosa:

1. Aprende a perder


“Si ya no te quieren, aprende a perder y retírate dignamente, ya que luchar por un amor imposible, nuevo o viejo, deja muchas secuelas”. Este es el primer principio de este psicólogo italiano, graduado en la Universidad de Colombia y máster en bioética que, tras emigrar a Argentina con su familia y vivir allí muchos años, reside ahora en España.

“Cuando realmente ya no te aman, con independencia de las razones y causas posibles, hay que deponer el espíritu guerrero y no librar una batalla inútil y desgarradora; es mejor sufrir la pérdida de una vez que someterse a una incertidumbre sostenida y cruel”, aconseja el psicólogo.

2. No te cases con tu amante


El segundo consejo de este experto es que nunca te cases con el amante, “porque es como echarle sal al postre. Solamente un pequeño porcentaje de amantes que acaban casándose o se van a vivir juntos, mantienen una relación que funcione", mantiene el experto. “Despertar del éxtasis, reestructurar la locura simpática que mantenía viva la relación tiene sus consecuencia y contraindicaciones; es muy difícil reglamentar el amor pasional y que el hechizo no se rompa”, remacha Riso.

3. No ayudes a tu expareja


"También es común, en estos casos agrega— que la persona mantenga un lazo compensatorio con su expareja por lástima, responsabilidad moral o culpa, un aspecto que pone los pelos de punta al viejo amante transformado, especialmente, cuando el marido-esposa ofendido entra en crisis".

“En ocasiones, los ex se convierten en una especie de apéndice: no cumplen ninguna función, son incómodos y habría que extraerlos de raíz si se quiere tener una vida saludable y en paz”, aconseja el especialista.

4. Adiós a los "ni contigo ni sin ti"


Para aquellos enamorados a quienes su pareja martiriza con el tan manido “ni contigo ni sin ti”, Riso aconseja que corran con todas las fuerzas lo más lejos posible y no salten al compás del otro, sino que sean rotundos y contundentes en el “se acabó”.

“Si decides seriamente salirte del juego, notarás que, poco a poco, tus emociones empezarán a depender de ti: este proceso se conoce como ‘autorregulación’ y permitirá que la actitud dubitativa del otro te afecte menos, que te mueva, pero no te tumbe”, enfatiza este psicólogo clínico.

5. Invítate a salir a ti mismo


Otro principio de supervivencia radica en alertar sobre que el poder afectivo lo tiene quien necesita menos del otro y no faltan quienes intentan sacarle provecho con el mensaje implícito de que se irán si no le dan lo que desea. “Ensaya la soledad”, es el consejo del experto, en el bien entendido de que la soledad afectiva no tiene porqué ser una tortura y que no se define por sustracción (estar “sin ella o sin él”) sino por la multiplicación del ‘yo’, que se recrea en el autodescubrimiento.

“Invítate a ti mismo a salir y conversa de ‘tu a tú’ o de “’yo a yo’ y tendrás que reconocer, aunque sea a regañadientes, que la persona a la que quieres, a veces, sobra y molesta, a pesar de que la ames”, añade Riso.

6. Un clavo no saca otro clavo


“Un clavo no saca otro clavo y, a veces, pueden quedar dentro los dos”, advierte el psicólogo para quienes suelen recurrir a este proceso, bien por la necesidad de ser amado, la baja tolerancia al dolor afectivo, o el revanchismo.

“Con esta idea en la cabeza, los dolientes se lanzan al mundo del mercado afectivo en busca de un ”clavo” más grande y más potente que desplace y retire el anterior, sin pensar que en el mundo emocional hay una leyes que subsisten antes deben ser asimiladas y diluidas por el organismo”, asegura Riso, en relación con el duelo amoroso.

En su opinión, lo mejor sería un proceso a la inversa: primero hay que sacar el viejo clavo y luego, si tienes suerte, hallarás una persona que valga la pena y que pueda a entrar en tu vida tranquila y sin estorbos del exterior.

7. Mantén tu autoestima


Otro principio de supervivencia afectiva pasa por evitar el sacrificio irracional e intentar anularte para que tu pareja sea feliz “porque autocastigarte para levantarle la moral a otro es matar el amor en nombre del amor; ésa es la paradoja”, apunta Riso.

8. No idealices a tu pareja


Otra máxima a tener en cuenta es que “si el amor no te ve, ni te siente, no existe o no te sirve” y abomina de quienes no son capaces de expresar amor porque “no es suficiente sentir el amor, sino que hay que sacarlo a relucir, hay que probarlo”.

9. El amor no tiene edad, pero los enamorados sí


“Necesitamos algo de locura, un poco de desorden, una chispa que nos recuerde que la pasión no ha muerto y el juego no ha terminado; entre un estilo afectivo apocado y preciso y otro locuaz y explícito, la mayoría preferimos el segundo”, enfatiza el experto.

10. Aprende de la ruptura


Y, por último, concluye que algunas separaciones son instructivas ya que "permiten saber lo que no quieres del amor".




Esta información fue tomada de Informe 21, con procedencia de EFE; corregida y adaptada al estilo de este blog. Si conoce el autor de la imagen, háganoslo saber. Comparta el contenido a quien pueda interesarle
Leonardo Bruzual Vásquez



... otros ni los ven, como ni siquiera ven su sombra...







—¡Qué escena tan miserable! Esa anciana desaliñada, vestida con trapos remendados, sacados como de un mantel viejo tirado a la basura y orinado por los gatos; camina, se arrastra, se sienta ese sitio todos los días; siempre la veo ahí —pensó, y mientras pensaba, lo decía a su acompañante.
—Para ti es fácil decirlo —le replicó quien le sigue sus pasos, caminando al filo de la acera maltratada.
—¡No, no es fácil! —refutó frunciendo el ceño—. Es fácil pensarlo, pero decirlo me costó. ¿Soy miserable por eso o más miserable es ella?
—Creo que todos en esta vida tenemos una cuota de miserables...
—¿Miserables por cómo actuamos o por cómo pensamos? —le interrumpió, y se miraron firmes mientras la gente que caminaba en sentido contrario pasaba entre los dos.
—A veces, solo por el hecho de ser, de vivir, de respirar, se es miserable —su acompañante se ajustó los anteojos en el tabique de la nariz, con el dedo izquierdo.
—¿Entonces soy miserables por criticarla a ella sin saber por lo que pueda estar pasando, sin saber por qué se sienta ahí en ese lugar que ella hace miserable? —terminó cuestionándose Pedro y se secó su sereno sudor sebáceo que discurría por su sien derecha, una gota fría como el hielo, que quemaba como el hielo seco adherido a la lengua.

[caption id="attachment_224" align="aligncenter" width="694"]Manos ancianas_de Sara Uria 'Manos ancianas' es una obra sobre lienzo realizada por la artista plástico española Sara Uría | Cortesía: Artelista[/caption]

Aquella tarde siguieron su camino para tomar el tren subterráneo y pasaron por un costado de la plaza Francia de Altamira, ideada por el arquitecto Luis Roche —fue un convenio entre ambos países, en París hay una plaza Venezuela—, en cuyo centro hay un obelisco que enciende sus luces por la noche, aunque, muchísimas son las noches en que el mismo obelisco se siente miserable porque sus luces apagadas lo hacen ver más oscuro que la sombra que proyecta. Su dieta eléctrica seguramente está influenciada por la dieta energética que tiene todo el país.

Cruzaron un par de transversales, esquivan algunos promontorios de basura en su andar, seguían hablando de la anciana que consideraron miserable como la crítica que le tejieron él y su acompañante. El perfume que destilaba los desperdicios que vomitaban lentamente las bolsas negras en la avenida San Juan Bosco generó que hicieran una crítica justa hacia los responsables de recogerla en aquel sector que muchos consideran como el mejor de la gran ciudad.

Van y vienen, vienen y van; bajan, suben, suben, bajan; la gente pasa, lento, rápido, caminando, trotando, por aquella acera y la ven allí; otros ni se percatan, otros no huelen la ropa lavada solo con agua, cabellos enjuagados solo con el sudor de los ancianos años de la anciana; no lo palpan con sus sentidos ni los que la ven, ni los que ni la ven.

Lo más seguro es que ni se den cuenta de cómo llega esa octogenaria que habla sola en esa caminería contigua a un edificio en construcción perteneciente a la Alcaldía. ¿La dejan ahí y la sientan? ¿Llega sola y se sienta y luego coloca su manta de lana oscura sobre sus piernas y las dobla para dar la impresión de que está invalida? ¿Vive cerca de allí y adorna el escenario para hacer el momento más real, más sufrible?

A la misma hora, en el mismo lugar, con su desdentada boca, con sus harapos fregados con agua de lluvia, con sus cicatrices de sus años que le pesan como si llevara una cruz de toneladas cubierta de espinas y con su tumbao enfermizo; la mujer, de canas largas que se entretejen con cabellos negros desteñidos, acude a lo que tomó como último trabajo de su vida: pedir limosnas sin abrir mucho la boca, ¡es que ni la abre! —susurra más suave que la brisa, más tenue que el tac tac de los tacones, más débil que el sonido de los preocupados pensamientos de los peatones—. Suplica dinero con la expresión de su rostro, de sus entristecidos ojos, gesto adolorido de sus decadentes décadas. Mete los churupos en su curtido monedero marrón, no por ser de cuero sino por lo sucio, por lo renegrido.

Pedro besa a su acompañante en la mejilla —muy cerca del filo de la boca donde termina la sonrisa— cuando llegan a la esquina de la estación Altamira del metro de Caracas, en Chacao, estado Miranda. Unos caminantes se dan cuenta del gesto de amor, otros comentan, otros los dejan ser, otros ni los ven, como ni siquiera ven su sombra, sombra que no se refleja tampoco sobre el pavimento frío de la calle color excremento, olor excremento, hedores a aceite quemado y a comida rancia, rancia y que rezuma un tufo ácido, ácido cual los comentarios de la muchedumbre que no aguanta la podredumbre del país enfermo como la anciana. La anciana está menos enferma que el país.

Mientras tanto, la matriarca sin dolientes así como llega, se va, sin que nadie sepa más de su vida; pero antes, desenrolla su moña de cabellos, los intenta alisar con su peineta y su mano derecha, mientras tararea palabras que solo ella escucha. Los vuelve a enrollar para luego contar los billetes al son de mojar su dedo con la seca saliva de la punta de su lengua, para saber si la jornada de actuación estuvo buena, regular o mala. ¡Qué escena tan miserable!

Capítulo II...







Apostillado



Días después, a la señora de rostro marchito como una rosa se le ve más sonriente, más limpia, esperanzada, incluso tararea canciones mientras cuenta el fajo de billetes en el que predomina el color azul, el de dos bolívares, el de menor denominación en Venezuela. El tronco del árbol que alguna vez dio sombras ahí está casi al ras del suelo y a veces le sirve para descansar los magullados pies que se sancochan en sus zapatos negros.

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